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EL TREN

Enviado por Fernando Córdova-Lepe el 19/10/2008 a las 01:06 PM
Fernando Córdova-Lepe

Nada nuevo tengo que enseñar al mundo. La verdad y la no violencia se remontan a la noche de los tiempos.

                                                                                       Gandhi

Imposible ser indiferente al verdor de las plantaciones, que desde arriba lucían un millar de tonalidades esclarecidas al mirar hacia las pequeñas colinas que dibujaban el horizonte por donde, no hace mucho rato, el Dios Sol amenazaba con asomarse como cada mañana, como desde siempre. Giró la cabeza hacia el otro extremo, tratando de no ser descubierto por su padre, la oscuridad dominaba hasta llegar a confundirse en las profundidades con la noche. Los sonidos del amanecer, la mixtura de aire fresco y vapores calientes, los cambios de presión del viento, los vaivenes eran un espectáculo mágico, como en las celebraciones religiosas, imágenes en movimiento a un ritmo nunca esperado por él, a pesar de los muchos intentos y simulaciones que hizo corriendo con desenfreno y sabiéndose el más rápido entre los niños del clan. ¿Por qué hubo que esperar tanto para realizar este viaje?, se preguntó. Lo había tantas veces fantaseado desde el andén. Conjeturó que quizás la mayoría de los hombres que repletaban los carros y los otros tantos que hacían lucir los vagones como racimos de bananos no durmieron para ganar una ubicación. Su padre era afortunado, un viejo amigo, al parecer un familiar no tan lejano, de los que deben favores eternos, le reservaba un lugar sobre los sacos de tubérculos que trasladaba cada primer día de la semana al mercado de Bombay, casi un trono de gran señor frente a la solidez extrema del metal de la techumbre de la máquina. Antes que lo descubrieran volvió la mirada al oriente los primeros rayos hacían un poco más nítido y tibio el ambiente. Se preguntó si sería posible que el ferrocarril le ganara la carrera al astro rey, y nunca amaneciera. Era la mejor hora para viajar, el techo del tren de las diez ya era de un calor de fuego al que muy pocos lograban ser indiferentes y no era extraño que de vez en cuando hubiera algunos que caían desmayados. Sino subían a la carrera quedaban a la suerte de la verde espesura y sus peligros.

 

Era la primera vez que despertaba muy antes que la bocina de la representación  gubernamental sonara. La noche previa a la jornada en que Mahad acompañaría a su padre, fue difícil pegar los ojos y no costó nada estar conciencia antes que el sonido de los pájaros colmara el ambiente. Se anticipó a los primeros rayos de luz que en sus habituales mañanas se colaba  entre las rendijas de las paredes de la casa. Las goteras del primer evento de la estación de lluvias monsónicas se apozaron en un sector del tablero, pero no habían alcanzado la comida para llevar, que la madre dejaba preparada. Un té de hojas verdes y una rebanada ed pan untada de manteca, como era su gusto, esperaba al hombre que había levemente enjuagado su rostro y peinados sus cabellos. Un desayuno casi perfecto comparado a las preparaciones de su madre, pero servido con antelación proporcional a la ansiedad del menor en su primer viaje en tren, tan antes que por lo mismo hubo de ser recalentado varias veces y que lo mantuvo por demasiados minutos en guardia vigilante con las moscas que insistían en su gusto por la grasa animal. Sería este también su primer viaje a la ciudad, él no haría como sus antepasados, que por tradición de generaciones en el asentamiento de Branbar primero iban a las plantaciones a trabajar la tierra. Los jóvenes empezaron a buscar rumbos citadinos cuando los británicos instalaron diversas fábricas ligadas a la industria de los condimentos, el té, los tejidos y el cuero. En los suburbios de las  ciudades principales de la India, galpones de pilares de madera, en ocasiones sin paredes y simples techos de grandes hojas impermeables aparecían con la velocidad de una nueva peste. En un proceso típico de acumulación capitalista de mano de obra facilitado con un colonialismo imperial que arranca campesinos a la tierra por la fuerza de las múltiples, eternas y otras un tanto impuestas nuevas, necesidades. Ahram prefería hacer el viaje cada semana y dormir en las esterillas para solteros, no quería hacer pasar a su gente, hijos menores, esposa y padres, y una hermana menor a la que no pudo arreglar un casamiento por falta de suficientes gracias féminas y buena dote, al trastorno del cambio de hábitos y desarraigo encerrados en estrechas paredes de la populosa urbe. El muchacho, de grandes ojos de noche y mirar reflexivo, sin ocultar sus ilusiones de los nueve años, salió corriendo de la mano de su padre que lucía un rostro algo más serio que lo acostumbrado. Tratando de capear el chaparrón, sus blancas vestiduras eran un ave de alas blancas se movía sincronizada al ruido de la marcha y la sirena de la larga columna de elefantes de hierro que hacía su entrada al poblado.

 

En la estación, algo estrecha para el puñado de viajantes, su padre fue casi majadero en reiterar la advertencia que si les tocaba un lugar en la techumbre no habría él de dirigir su mirada profunda en el sentido de avance del ferrocarril, pues de la combinación de humedad y carboncillo en los ojos, se conocían experiencias de muy malos ratos. Ya sobre la máquina el niño atribuía el mal ceño en el rostro de su padre a esta preocupación. Mahad no sabía que para el hombre del turbante no era un buen acontecimiento que este viaje quedara marcado en la memoria de su infante primogénito como su primer día laboral, un duro viaje a la adultez sin boleto de regreso.

 

Para fortuna de Mahad los contactos de su casta le aseguraban un no tan mal puesto marcando sacos de té de las más diversas especies conocidas en el país y otras tantas que solo eran del gusto de los británicos y que él en particular no habría probado nunca.  Uno de los días haciendo hora para tomar el tren de regreso, junto a su padre conoció las refinadas tiendas exclusivas para británicos del centro de la ciudad. Un conjunto de blancas construcciones con fachadas vidriadas, interior iluminado y carteles con letras de ribetes artísticos. En una de las estanterías de formas romboidales una pila de cajitas de madera lucían en sus caras principales las mismas letras que él marcaba en los sacos, que en hileras infinitas fatigaban sus esfuerzos infantiles. No podía creer el precio que  su padre, en términos comparativos, le contó que cada una de esas perfectas formas regulares costaba. Al principio se sentía importante, todo un hombre, y hacía su trabajo con el mayor cuidado, el niño era concentrado, y privilegiaba la calidad, pero fue advertido por su padre a recomendación del capataz amigo que sino apuraba el ritmo debía largarse. Ahram se lo advirtió en la forma más prudente posible para no herir su orgullo, sabía que con el trato pactado el muchacho no financiaba ni siquiera la totalidad del costo de los pasajes.  

 

Otros niños trabajaban en la exportadora de Mr. Eston, él había divisado unos cuatro por ahí, pero solo uno servía en su sección. Era un muchacho de piel más morena que la suya, de ojos sin brillo y lagrimales enrojecidos, un ser que cuando se aproximaba a otros cargando pesados bultos para su menudo cuerpo, sólo miraba de reojo y al menor contacto simplemente bajaba la vista. Lo reconoció como un intocable, su madre con ocasión de una festividad le había mostrado una familia de tal casta inferior, siempre muy pobres, siempre realizando los trabajos más pesados. Se preguntó si podía haber un poco de felicidad en ellos, y por qué los dioses permitían que algunos nacieran marcados con el infortunio. Las veces que hizo la pregunta recibió a cambio que este era un misterio y el hombre tenía la finitud de la vida, y no el ilimitado carrusel del jardín de los espíritus, pero él sentía que lo intocable se transformaba en innombrable, intratable o ignorable, demasiado. Siempre se sintió intrigado con lo que por la cabeza de ese niño pasaba. Nunca se atrevió por temor al pecado de la desobediencia a hablarle. Tiempo después con ocasión de un resbalón, el niño intocable derramó su carga en un charco de combustible, presenció Mahad los latigazos que el superior soltó sobre esas delgadas piernas, golpes que sólo había conocido de parte de vecinos de su villa sobre las bestias. La conformista respuesta popular, repetida generación tras generación, que llamaba simplemente aceptar los designios del mágico mundo espiritual nunca le satisfizo, y la visión del látigo engrasado golpeando esos enjutos y sucios pies descalzados no le encajaba en orden alguno. En un pequeño acto de rebeldía que no había tenido antes en sus apresurados nueve años, decidió en las cavilaciones nocturnas posteriores al incidente en el que solo pudo permanecer callado, que dirigiría la palabra al niño cargador, más este nunca volvió al trabajo.

 

Diez años después encuentran a Mahad ocupando el puesto de su padre. En un viaje en  el que el primer tren no corrió, compartiendo un pedazo de techumbre con su padre, Ahram no aguantó el calor de las diez y cayó desmayado. En un salto de felino, que olvidó todo peligro, con el ruido de la máquina ya perdida en la espesura, pudo comprobar la ausencia total del vital signo respiratorio. No eran días fáciles para un capataz en una exportadora de capitales británicos, ligados a los Estón, un apellido con redes encumbradas en el poder de la administración colonial. La prédica de un tal Gandhi, un abogado que había hechos su fama defendiendo hindúes que en la lejana África del Sur eran tratados en la práctica en forma tan discriminatoria como los negros nativos, tenía la nación convulsionada. Y eso que decía “todas mis acciones tienen su fuente en mi amor inalterable a la humanidad.” La propia compañía para la cual trabajaba Mahad tenía sus intereses en esos lados, el como ese Gandhi estuvo a punto de ir a buscar nuevos rumbos y oportunidades económicas por esos lugares. Poco a poco, se empezaba a hablar más frecuentemente de tal personaje, comenzaron las noticias en los periódicos, el comentario de los trabajadores e incluso se pronunció tal nombre en las conversaciones de ferrocarril, en las de su madre y su mujer. Le llamaban Mahatma, el puro de espíritu, y tenía las faenas algo trastornadas con sus llamados y convocatorias. No compartía del todo el descontento social y el discurso independentista que se venía instalando soterradamente en boca de muchos. ¿Qué se ganaba con este desorden? En términos simples, él no era hombre de oraciones grandilocuentes, más bocas sin alimento, esta era su opinión cuando él mismo se hacía el cuestionamiento.  ¿Qué quejas podía tener el tal Mahatma si pertenecía a una de las castas más altas del hinduismo? ¿Qué podía decir, si hasta pudo entrar a la universidad en Bhavnagar, al considerado “Samaldas College”, para después de un año dejarlo a voluntad? A él le hubiese gustado una oportunidad como esa, él que a puras penas, en un esfuerzo autodidacto que sorprendió a no pocos, entre algunos a su jefe directo, había logrado a aprender a leer inglés, muy motivado desde la vez que su padre lo llevara a conocer las cajas de la tienda que la exportadora “Eston’s Tea” mantenía en el centro de Bombay. Era ridículo que los sacos de té viajaran muchos mares para terminar  regresando algo más engalanados. Pero quizás ahí estaba el asunto, algo parecido había ocurrido con ese Mahatma que a los dieciocho años había podido su familia financiarle su estadía en Londres hasta graduarse de especialista en las leyes del imperio. Si hasta había podido darse el lujo de visitar la feria parisina de 1890 y subido la torre Eiffel, que el sólo conocía en las revistas camino a la basura que llegaban a la oficina de producción de la compañía.

 

Tenía claras instrucciones superiores de tratar de disuadir a los trabajadores de participar en las manifestaciones cada vez más frecuentes y masivas, bajo amenaza de perder sus puestos de trabajo. La verdad sea dicha sus afanes sólo tenían resultados con aquellos hombres que él había logrado traer desde Branbar, sus alrededores y otros tantos que había podido reclutar en el tren, en el que la lectura social de su ya levemente mejor posición económica se podía notar en la posibilidad de reservar un asiento. Él pensaba que la India no necesitaba de líderes soñadores, que llamaban a la rebeldía fundada en la ahimsä, la no-violencia, ni de esa ola independentista que solo perjudicaba al país. Había leído en unas de las tantas revistas de comercio que la doctrina propagada por Gandhi llamaba a cosas tan descabelladas como que “la pareja consciente de sus deberes no tendrá nunca relaciones sexuales por el solo placer carnal” y eso coronado con el voto “brahmacharya” que los ingleses llamaban de castidad. Y que decir de ese llamado a liberarse de todos los placeres carnales materiales, le parecía un imposible si él experimentaba todas sus noches de soledad las ganas de concurrir a alguna de las casas de tolerancia que rodeaban los suburbios en que habitaba tanto varón desprovisto, placeres que él en una mezcla de afán ahorrativo y escrúpulos consolaba con sus propias manos. A él le habían contado de buena fuente que el propio Gandhi en sus años mozos fue en un par de ocasiones a una y no pudo en conciencia hacer nada, quizás tendría un problemita mayor y por ello le era tan fácil lo del voto brahmacharya. El colmo era ese llamado a “no … comer por dar gusto al paladar, sino para conservar el cuerpo en todo su vigor”. Además a su entender el ejercito británico era la única institución que podía mantener los históricos y recurrentes roces con los musulmanes bajo control.       

 

Mahad no se percataba que desde su boca sólo brotaban las opiniones de sus inmediatos superiores ingleses. A él lo trataban bien, eran estos hombres muy pulidos en su hablar y en sus costumbres. A veces le hacían participe de sus interesantes e informadas conversaciones a la hora del té, pero como su padre le advirtió antes de morir nunca te invitarán a sus casas o a esos exclusivos clubes a los que concurren de noche con vestimentas muy elegantes. Recuerda le había dicho, bajo tempestades, no muy adentro que el fuego quema, ni muy afuera que te congelas.         

 

Tras unos meses en que la producción venía cayendo sostenidamente, y en que a veces habían días en que no llegaba suficiente materia prima para procesar y ensacar, su día laboral más complicado ocurrió pocas semanas después que el hombre que tejía su propio albo tapa rabo llamara a boicotear el comercio inglés que, en como impuesto indirecto, obligaba a que la única oferta de ciertos artículos fuera las mercancías elaboradas en el archipiélago británico. Ese día ninguno de los consejos a los pocos trabajadores que quedaban en faena le dio resultado, tampoco las amenazas de despido. ¿Cómo no les importaba no llevar comida a su gente? Tal parece que el llamado a dejar los placeres, de ese cada día más influyente Gandhi, daba sus frutos en esta gente que no teniendo nada que perder es capaz de darlo todo. Habían sido advertidos, explicó todas las consecuencias, incluso había golpeado con fuerza el mesón, pero ahí estaban esos hombres con rostro impertérrito, silenciosos, permaneciendo de pie y los brazos caídos, escuchando solo por el respeto a ese hombre, al conciudadano, al ser humano, que ya no tiene nada más por argumentar. Sólo quedaba el resquicio del poder de la fuerza, la administración  había llamado a la policía para prevenir desordenes, pero bajo esos galpones al descubierto se respiraba el bello orden que impone el silencio.

- Mahad comunique que si no regresan a sus labores estarán en graves problemas. Hay ordenanza de arresto y de disparar en el acto si se opusieran.- Le había dicho el oficial a cargo al oído quien a esa altura recibía órdenes directas del administrador, que permanecía alejado mirando desde lo alto, muy en lo alto, desde su oficina del segundo piso. Ese inglés, al que muy pocos accedían, al mirar de Mahad como pidiendo explicaciones asentía en la sentencia al mover su cabeza de arriba a bajo. El capataz, guardando para sí unos segundos infinitos, observó su propio miedo reflejado en algunos de los ojos de sus hasta hace un rato subordinados. Sólo hizo lo que su conciencia en un cálculo de momento pudo determinar.

 – Fuera de mi vista sabandijas, retírense – a lo que los hombres obedecieron con  pequeños y ligeros pasos, que retenían el instinto de salir corriendo. Mucho tiempo después haría conciencia que este acto había sido su primera acción de no-violencia activa.

 

Mahad tomó sus cosas y salió sin mirar atrás, dejaba muchos años y sueños en la compañía de los Eston. Llegó a la calle a observar y a pensar desde un punto de vista nuevo, con otro y no deseado prisma a su haber, con la pesadumbre de todo hombre sin trabajo que se hace responsable por el bienestar de sus próximos. Vagó por calles pobladas de empleados, trabajadores y desposeídos que conversaban en las esquinas o se dirigían en grupos numerosos en dirección a la gobernación de la ciudad, llenando las veredas y también ganándole la calle a los carruajes. ¿Qué poder era ese que cautivaba en tal medida a los seres al punto que estos eran capaces de descuidar sus obligaciones personales? Se sintió ante las masas de obreros y algunas de sus mujeres, de haber  permanecido en otra realidad,  en un sueño personal paralelo. Con asombro infantil observaba las correrías, había estado ensimismado en un mundo propio, en una isla demasiado volcado en el cumplir, en hacer las cosas bien, ajeno a lo que al parecer por la visión del ajetreo a su alrededor era la preocupación de los más. Decidió seguir a la multitud, tenía toda la tarde, ya no habría esterilla para pernoctar y el único tren a Branbar partía poco antes del anochecer. Los cuerpos de los marchantes comenzaron a estrecharse, por fortuna su altura le permitía mirar con alguna comodidad hacia el llano, ahí un hombre usando sólo un tapa rabo por vestimenta, saludaba con una sencillez divina que no concordaba a su obvio liderazgo. Frente a un signo de sus seguidores inmediatos que anunciaba que el hombrecito de anteojos de cristales pequeños dirigiría algunas palabras, la multitud en un acto nunca imaginado, aún en las ceremonias más respetables, hizo un silencio que estremecía.

-…Dios es el vínculo común que une a todos los seres humanos, lo que conduce a la no violencia. Hemos de odiar el pecado (de la injusticia que nos oprime), pero no al pecador…-  decía con calma y quietud sabía a la masa que a cada respiro alababa con brazos al cielo y gritos reiterativos que más parecían un mantra.

-…Si (hermanos) conviene oponerse a ciertos sistemas (poco humanos) y destruirlos, (mas cuidado) el hecho de ensañarnos con sus autores, por el contrario, equivaldría en erigirnos a nosotros mismos en juecesPara mi patriotismo rima con humanidad -  Sintió Mahad que el hombre hablaba con sabiduría y bondad, y si era honesto en su decir y en sus fines merecía el apelativo de Mahatma. La muchedumbre en cada quiebre saltaba y gritaba

-…Libertad, libertad, libertad,…

 

En cosa de minutos cuando Gandhi se aprestaba a continuar con sus palabras, un trote de ritmo acelerado de caballería se hizo sentir. Disparos de fusilería al aire despertaron el temor de las masas que corrieron a refugiarse como estallido humano en todas las direcciones. Los seguidores del maestro muy rápidamente pusieron a su líder bajo refugio. Mahad sintiéndose sólo un espectador se quedó en su lugar como otros tantos convencido de su inocencia, más la guardia británica no distinguía convicciones y aquel gentío que vestía casi de uniforme, a no ser por lo que ponían sobre sus cabezas, era un solo enemigo que actuaba y se movían como cardúmenes. No alcanzó a decir palabra cuando un barrido de golpes de varas de bambú y culatazos lo tiraron al suelo. Todo un grupo de hombres se arrojó a su alrededor en un acto supremo de protección colectiva, sin armas, sin defensa objetiva alguna.

- Cubre tu cabeza hermano, protégete con tus brazos – tirado y por entre los codos Mahad pudo reconocer al dueño de esas palabras, al niño intocable cargador de los sacos de té, que le mostraba mirando de frente el modo de protegerse con su propio ejemplo.

 

Mientras el griterío, las correrías, la toma y desalojo de las esquinas iba y venía; mientras la represión del ejército colonial era un fracaso, el hasta hace un rato fiel capataz de los Eston, boca al suelo, manos cruzadas sobre la nuca y una bota militar en la espalda, mordía el polvo al lado del ser que hace más de veinte años atrás no se atrevió a defender de los latigazos. 

 

En prisión Lakshamithám y Mahad compartieron muchas horas, mucho intercambio de opinión. El intocable le habló de la Moksha, de ese deber hindú de saber cumplir con uno mismo, que pasaba primero por conocerse, siempre acompañado con la visión de Dios cara a cara, de saber interpretar su rol en la gran obra. Que no es un empeño fácil, pues “aún cuando sepamos dónde está el bien, no siempre optaremos por el y obraremos en ese sentido” Le habló que el hombre es mitad razón y mitad animal y que “sólo el amor puede sujetar a la bestia que hay en nosotros” Le dijo que la doctrina de la ahimsä radicaba en aquello, y esto no era mero sentimiento, pues el Mahatma “no habría aceptado, una creencia que no apelase a la razón ni un mandamiento que no se impusiese en su conciencia.” El empeño que puso el viejo colega amigo de su padre, quien lo llevó a la compañía, un hombre que ya cargaba unos sesenta años y que mantenía la confianza de los ingleses, no por menos había ascendido hasta ocupar un puesto en la bodega para el comercio interior, logró a regañadientes del carcelero de turno la liberación de Mahad. No así del compañero de celda, del intocable que a esa altura tenía ganada, a buen mérito,  fama de activista y agitador nacionalista.   

 

Las noticias de la convulsión social, pese a la censura, alcanzaban a llegar por la aldea. Después de terminar las faenas en las plantaciones siempre el de niño, ensacador de té, se iba a la estación de ferrocarriles, que en esas dos décadas, desde su primer viaje, sólo había cambiado el color y unas cuantas tablas. Ahí Mahad llegaba para escuchar las novedades que traían los que regresaban de Bombay. La movilización de la no-violencia activa prendía por todo el país, en todas las grandes ciudades el boicot a la producción británica se acrecentaba. Ghandi, por esos días, entre huelgas de hambre o hilando con  huso y rueca, llamó a los hombres incluso hasta a fabricar su propia ropa con tal de no comprar las telas inglesas. El comercio cerrado por todos lados, la mayor autosuficiencia y el intercambio mano a mano se transformó en el principal quehacer político. Mahad volvió a tener a la vista la figura de Gandhi cuando este tuvo la idea de peregrinar al mar, la Marcha de la Sal, para manifestar a través del país contra los  impuestos a que estaba sujeto este producto y a favor del legítimo derecho de la gente a producir su propia sal. Esa fue una marcha de muchas jornadas que partió con pocos hombres y que en el camino sumó a miles. Fue en un pueblo cercano a Branbar que lo vió pasar, Lakshamithám iba con él, no quiso acercarse a  saludar al intocable, aún tenía vergüenza de haber sido él liberado de prisión y haberlo dejado adentro, sin haber hecho mayor esfuerzo o intento por liberarlo.  

 

Cuando Gandhi volvió de Inglaterra 1931, tras haber participado en la Conferencia de Londres en negociaciones imposibles, pues reclamó la independencia de la India, la autonomía total. Mahad tenía ya ordenada su casa y por los sectores aledaños a su aldea, aunque se ganaba poco, en justicia  era de una tranquilidad envidiable. Todos querían la independencia como un absoluto, el mismo ya era un converso, sólo distinguían los modos. Sin embargo, casi nadie del poblado entendía bien las diferencias al interior del partido del Congreso, salvo él, que creía que en comparación a las posiciones de Nehru, las del maestro de éste, Gandhi, eran más sabias.

 

El intermediario que envió Londres para negociar con los nacionalistas nada logró, todos radicalizaron sus posturas. La represión se evidenciaba por Branbar con un ferrocarril que cada semana transportaba menos gente, pero más noticias perturbadoras. Fueron años, más de una década, en que Mahad se enteraba por boca de los viajantes de los innumerables ciclos que alternaban desobediencia civil y represión. Él volvería a recordar la mañana que  con su padre viajó por primera vez a la ciudad el día en que los soldados aparecieron por la aldea reclutando jóvenes para la guerra, pues el imperio estaba alarmado con el avance japonés hacia la frontera de Birmania con la India. Fue un golpe duro, para el padre y también para el nacionalista observante, ver partir a su hijo, sólo un niño, sobre la techumbre del tren militar sin certeza de retorno. Por ese tiempo Kasturba, la esposa del Mahatma, había muerto en la cárcel, mientras el maestro mantenía una huelga de 21 días. 

 

Fueron tres años de una vorágine de sucesos que alcanzó y sacudió todos los rincones de la India. La guerra diezmaba los recursos económicos, políticos y militares del Imperio. Pero los actos de resistencia lograron romper la voluntad del gobierno. El pueblo daba demostraciones que después de la guerra la lucha por la independencia se intensificaría y por otra parte, el ciudadano británico no parecía muy dispuesto a respaldar el régimen de represión, ni la India, ni en las otras colonias. La independencia  era sólo cosa de tiempo. Un año después del término de la guerra todos los detenidos políticos habían sido liberados y se adoptó una política de negociación con el Partido  del Congreso. Mientras que los británicos negociaban la transferencia del poder de la India, la Liga Musulmana renovaba sus demandas para la creación de Pakistán, se oponían  a compartir el poder con el partido del Congreso, lo cual ocasionó disturbios en diversas regiones del país. Más de 5000 personas murieron en los disturbios, principalmente hindúes.

 

Mahad vendió todas sus pocas pertenencias de la aldea, era julio de 1947, en la capital pasaban grandes cosas y él era un protagonista secundario. Dejó su casa a un hermano, preparó a su esposa e hijos, compró algunos víveres y pasajes con asiento reservado, y  tomaron el primer tren de la mañana. Ningún heredero suyo volvería a viajar en esa máquina de la que todo dependía, sea la fortuna y el desconsuelo. Quiso el destino que  Mahad, pocas semanas después, un quince de agosto en la misma explanada en que conoció al Mahatma en persona, pudiera gritar con toda su voz “Jai Hind”, Victoria  para la India, celebrando una independencia que le había costado, un hijo miliciano que no volvió y décadas de una espera paciente, digna de Penélope. 

 

Lakshamithám murió a los ochenta años cargando sacos de té, un anciano Mahad, su capataz, fue quien vertió sus cenizas al río.

 

 

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Fernando

Enviado por el 19/10/2008 a las 02:21 PM
Maria LLácer

 

!Que extenso ! luego me dicen a mi

Feliz semana te desea Maria


ai Maria de mi alma....

Enviado por el 30/10/2008 a las 10:13 PM
Maria Lasalete Marques

Quien dice eso.... para hacerle el resumen. Un abrazo amiga bella.-----------------

Desde mi rincón Venezolano...  María Lasalete Marques







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