Capítulo Uno
Artemio Gutiérrez hacía su lectura matinal sentado en la más expuesta y soleada de las tres bancas del antejardín de la añosa y amarillenta iglesia. Hizo un descanso, respiró hondo, disfrutó los ya cálidos rayos y confrontó su vida con aquel versículo “Conozco tus obras, tus trabajos, tu paciencia, y que no puedes tolerar a los malos, y que has probado a los que se dicen apóstoles y no lo son, y los hallaste mentirosos,...”
A su izquierda sintió un chirrido de ejes, buscó el origen en la bifurcación en Y que principiaba el cerro. Por la rama
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